miércoles, 11 de enero de 2017

El precio de la apostasía


Pablo Rioja | León

Que la Europa actual ha vomitado el cristianismo cual perro que se sacude una garrapata resulta cada vez más obvio incluso para esas élites que gustan de acuñar el término 'liberales' cuando en el fondo quieren decir 'acomplejadas'. Hoy la Iglesia Católica del viejo continente vaga sin rumbo fijo hacia un horizonte que se antoja, cuanto menos, preocupante. Los síntomas son muchos y variados, pero todos emanan de la misma fuente; la apostasía.

Esta misma semana el INE arrojaba otro dato inquietante. En el primer semestre de 2016 se celebraron en España 68.568 bodas, de las cuales sólo el 22% fueron eclesiásticas, el mínimo histórico. "Atrás quedaron los años 2000, cuando el 75% de las bodas en España se consumaban en un altar", señala en su artículo la periodista de El País Antonia Laborde. 

No es fácil aventurar el futuro a medio plazo que le espera a la Iglesia porque incluso en épocas mucho más atroces supo renacer de sus cenizas auspiciada por el Espíritu Santo. Lo que está claro es que cada vez se cumple más la 'profecía' hecha por el papa Benedicto XVI y que recoge el periodista Peter Seewald en su libro 'Dios y el mundo'. Sin caer en pesimismos, el que por aquel entonces era todavía cardenal Ratzinger profetizó que la Iglesia del futuro “se reducirá en sus dimensiones, hará falta recomenzar de nuevo. Pero de esta prueba saldrá una Iglesia que habrá sacado una gran fuerza del proceso de simplificación que habrá atravesado, de la renovada capacidad para mirar dentro de sí misma. ¿Cuál es la perspectiva que nos espera en Europa? Para empezar, la Iglesia se reducirá numéricamente”.  

En España, el número de fieles que visitan las iglesias es cada año menor y de edad más avanzada. Lo mismo que las vocaciones sacerdotales que, en algunas diócesis, maquillan sus números gracias a la avalancha de seminaristas llegados desde América del Sur. De nuevo Benedicto saca lo positivo de unos datos desoladores. "La Iglesia de masa puede ser algo muy bonito, pero no es necesariamente la única modalidad. La Iglesia de los primeros tres siglos era pequeña, sin por esto ser una comunidad sectaria. Por el contrario, no estaba cerrada en sí misma, sino que sentía una gran responsabilidad respecto a los pobres, los enfermos, respecto a todos", recuerda. 

Según Ratzinger, al proceso de reducción numérica de fieles se le puede hacer frente explorando nuevas formas de apertura exterior. Algo que por cierto ya ha intentado poner en valor el papa Francisco al advertir que la Iglesia no debe esperar que la gente venga a ella sino que es ella quien debe ir en busca de la gente. 

Algo tan obvio como que la Iglesia ha de abrir sus brazos a todo el mundo choca muchas veces con la dejadez que los propios católicos tenemos. No se trata de levantarse en armas ante los cada vez más directos ataques políticos y religiosos, pero sí de dar la cara por Jesucristo sin complejos, aún a riesgo de que nos la partan. 

Pero quizá esa purga de fieles que se avecina sea necesaria para purificar una Iglesia que se equivocaría al culpar de todos sus males al prójimo sin reparar antes en la viga que limita su visión. Mejor pocos siendo luz, pero convencidos de ello. 

Guste o no, Europa se sustenta en sus raíces cristianas. Sus valores universales han marcado a generaciones e incluso a otros continentes. Pero el precio de apostatar es muy alto. "No podemos aceptar tranquilamente que el resto de la humanidad vuelva a precipitarse en el paganismo, debemos encontrar el camino para llevar el Evangelio también a los no creyentes. La Iglesia debe recurrir a toda su creatividad para hacer que no se apague la fuerza viva del Evangelio", insiste Benedicto XVI.

El papa emérito concluye su particular visión sobre el futuro de la Iglesia subrayando que "es importante volver a proponer en sus componente fundamentales las grandes constantes de fondo, los interrogantes sobre Dios, la salvación, la esperanza, la vida, sobre todo lo que éticamente tiene un valor básico". 

pABLO rIOJA (11/1/2017)

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